Hace unos días me encontré un domingo por la mañana buscando tutoriales para aprender a mejorar los bordes del top que estaba tejiendo a dos agujas porque no me terminaba de gustar cómo uno de los lados había quedado y me estaba volviendo muy juiciosa con eso porque deseaba que quedara mejor.
Me acostumbré a tomar fotos cuando hago pruebas para después de un tiempo volver a ver como queda y desde allí, moverme. Cuando volví a ver las fotos, la herramienta de google que te recuerda tiempos pasados hizo lo suyo y me recordó que hace un año compraba y me adentraba a aprender a tejer a dos agujas con tutoriales de youtube.
En ese momento, registré con una foto los primeros 5 puntos que monte en esas agujas circulares que no sabía aún cómo sostener, ni qué tipo de movimiento se debía hacer con las manos para poder tejer un punto correctamente. Esa foto me recordó la frustración que sentí de no entender “rápido” los movimientos y como era que funcionaban las dos agujas. Y también, me recordó todo el camino que recorrí hasta ese domingo por la mañana en el que el juicio no me dejaba ver muy claro el camino hecho.
Recordé que a la semana siguiente de esa primera foto, me anoté a un taller para aprender bien a tejer con dos agujas, un taller en el que aprendí muchísimo más que eso.
Creí entender lo básico en solo dos clases y -dado que me estaba frustrando no aprender a la velocidad de la luz como lo imaginé en un comienzo- deje de lado las agujas por un tiempo.
Unos cuantos meses mejor dicho.
Para situarnos en tiempo y espacio, en febrero del 2025 compré las agujas y sentí esa emoción de comenzar un nuevo aprendizaje pero la frustración me duró hasta Junio de ese mismo año, que fue cuando sentí la necesidad de volver a tomar las agujas circulares e intentar nuevamente.
Esta vez fui más comprensiva conmigo misma y me mentalicé para no querer ir de 0 a 100 en un día y medio, porque claramente me iba a volver a frustrar y no necesitaba pasar por lo mismo otra vez.
Hice lo que podría ser mi primera “bufanda”, aunque la realidad es que comprendí el movimiento de las manos y la creación de los puntos y simplemente lo seguí haciendo hasta terminar el pequeño ovillo con el que empecé. No fue planeado pero no quería cortar el flow que había logrado.
Como resultado obtuve una pequeña y corta bufanda que no aparenta ser una bufanda pero cumple la función como tal si le doy algo de crédito.
Después de ese impulso, comencé a hacer pruebas pequeñas de color y tejido, intentaba de esta forma probar nuevos hilados de diferentes tamaños para seguir puliendo los movimientos que ya había asimilado.
Poco después, en un arrebato de curiosidad, intenté tejer un gorro sin saber cuantos puntos colocar primero ni cómo se desarrollaba correctamente un gorro. Yo solo quería seguir haciendo esos movimientos con las agujas y ver cómo se iba formando la pieza aunque no tuviera una forma específica.
El gorro tomó su forma pero no como mi mente lo proyectaba, claramente faltaban muchas partes a la ecuación, faltaba todo menos el impulso, claro está.
Me di un tiempo de descanso de las dos agujas circulares e intenté adaptarme a unas más pequeñas y rectas. Con el mismo impulso de siempre empecé lo que realmente se convirtió en una bufanda, mi primera bufanda como lo había pensado. Me daba pánico que se cayera un punto y controlaba de que no sucediera (como si eso no tuviese solución alguna) hasta que pasó y me paralice. Seguí tejiendo como si nada, quise solucionarlo pero no lo pensé como un error que se pudiera solucionar en ese momento y ahí quedó, un hueco grande como el pánico que me había dado el que se me cayera un punto.
Seguí tejiendo la bufanda con el patrón a rayas que se me canto hacer y durante el mes de julio tejí la pieza.
Cuando la finalice lloré de emoción y gratitud.
Ese hueco ahora tiene un moño. No es para taparlo sino para darle una nueva forma a ese panico que me dió sin motivo alguno.
Con esa bufanda, aprendí que un punto caído no es una tragedia y es más común de lo que parece, que esos “errores” me marcan que no soy una máquina y que todo tiene una solución viable.
Ese proyecto lo terminé en Agosto cuando el invierno en Buenos Aires ya había terminado pero estaba contenta con mi avance y con la idea de que en poco tiempo, por no decir unos cuantos meses, voy a poder llevarla con orgullo todo el tiempo que lo desee.
Tome una pausa de las dos agujas desde agosto hasta principios de diciembre, el mes en el que me propuse hacer regalos navideños tejidos a dos agujas y a crochet.
Tejí dos bufandas con las agujas circulares y aprendí a coserlas para darles una mejor terminación, con ese aprendizaje también entendí una nueva lección de paciencia y calma.
La costura en tejidos a dos agujas no es la misma que para el crochet y debía asimilarlo. Hacer coincidir rayas al principio fue complicado porque quería a toda costa que quede “perfectamente alineada” pero nuevamente me repetí que no soy una máquina y no tiene que ser “perfecto”.
Ese mismo mes me propuse un proyecto ambicioso: tejer una blusa entera a dos agujas para mi hermana.
*¿Cómo lo iba a hacer? con una increíble fe en mí y en los puntos que aprendí de la mano de tutoriales en youtube.
*¿Tenía algo planeado de antemano? no, pero más o menos entendía qué partes debía crear para luego unir y que eso pareciera o tomara forma de una blusa.
*¿Había algún “impedimento” para hacerla? Según yo, si. Las agujas que estaba acostumbrada a utilizar eran cortas y este proyecto necesitaba hacerse en agujas más grandes.
*¿Quise comprarme un cordón más largo para agujas cortas sabiendo que había comprado meses antes unas agujas rectas perfectas para este proyecto, pero que me negaba a usar porque debía aprender a sostenerlas y bla? SI.
*¿Me lo compre? No. Me di cuenta lo ridículo que era el pensamiento de comprar algo nuevo cuando ya tenía algo que era perfecto para lo que debía hacer solo por no querer adaptarme a una nueva forma, a no ser flexible con mi aprendizaje y abrirme el camino a otras posibilidades.
Entendí que era momento de ser flexible conmigo misma y mi aprendizaje así que tome las agujas rectas que por meses estuvieron guardadas en una valija esperando el momento adecuado, elegí el color e hilado que quería usar, monte los puntos que en el tutorial decían para realizar un top y empecé a tejer.
Para colmo el inicio era un punto que tampoco había probado nunca pero no había mucha ciencia detrás, sólo tenía que estar atenta a los cambios de punto y contar.
Mi plan era seguir todas las indicaciones del tutorial pero había una parte de la que no me sentía segura en ese momento de poder hacerlo. Así que ahí puse a prueba otra parte y fue tomar decisiones sobre el tejido mientras lo estaba haciendo.
En ese momento y con todo lo anterior, sentí que abrí una puerta nueva y fue muy gratificante.
Confíe en mi criterio de tejido.
Confíe en poder resolver en medio del proceso.
Confié en mi visión de aquello que quería crear y las herramientas que fui adquiriendo para modificar o maniobrar de la forma que sea necesario en caso de que el resultado no fuera como lo pensé en un inicio y así poder acercarlo lo más posible.
Aprendí a tejer de otra manera, una más cómoda para mi. Tomé notas de todo el proceso y entendí la preparación que lleva hacer una pieza grande y con detalle. Tomé medidas, hice pruebas y cometí errores en el camino, todo esto para poder hacer ajustes y revisiones a futuro.
Cuando la termine no podía creer lo que veía, era preciosa y no lograba asimilar que la había hecho con mis manos y todo mi conocimiento.
Mi curiosidad por las dos agujas comenzó cuando quise tejer para mi misma un chaleco. Desde ahí se sumaron muchos proyectos y el top fue el real punto de quiebre o mejor dicho de impulso.
Ese punto en donde cambié mi perspectiva y mi flexibilidad.
Durante enero y febrero tejí dos tops más, con más detalles y otras estructuras.
Aprendí a hacer disminuciones y bordes, a crear tirantes y coserlos de manera correcta o como a mi me gusta más que queden en mis piezas.
Todo eso fue aprendizaje del primer top donde aún no sabía hacer disminuciones y me vi cosiendo las puntas hacia adentro. Y para no volver a eso practique y lo probe en un top para mí. El resultado me encantó y volví a hacer un nuevo top, corrigiendo aquellas cositas que note en mi top personal.
Ahora estoy aprendiendo nuevas técnicas para pulir puntos de la última prenda y así voy. Mejorando detalles, aprendiendo nuevas técnicas y formas.
Apuntando a nuevas tramas que deseo aprender y nuevos proyectos que quiero tejer para mi.
En resumen, en algunas cuestiones es bueno frenar y volver un poco para atrás, ver desde donde partimos, lo que ya transitamos y en qué momento nos encontramos actualmente. Y todo esto para no caer en la calesita del “tengo que mejorar constantemente” una vez que “aprendimos” algo nuevo.
Gracias por leer!